24.4.14

OBLIGADA A GRITAR



Estaba claro que al antiguo autor este barullo no le preocupaba. Incluso más bien parecía buscarlo. ¿De qué modo si no hubiera podido estar en medio del gentío, con tan poca prisa por subir al autocar, como todos los demás? No eran muchas las veces que yo había visto brillar sus ojos; con el tiempo cada vez menos. Pero en aquella ocasión brillaban. Sin embargo, de la multitud no salía ningún grito de júbilo, fuera el que fuera. (No era gente para el jubileo, modificó el señor del barco.) La gente se veía obligada a gritar para hacerse entender en medio del tumulto de la despedida, que cada vez era mayor; uno de cada dos gritos, como máximo de cada tres, era un aullido. Sí, aquí y allí se hablaba a gritos, se rugía, se chillaba. Sin embargo, el sonido fundamental, aunque a plena voz, pero bien diferente, era un llanto, un llanto que además lo atravesaba todo, cuanto más suave más penetrante, el llanto de los niños. Y, observando más de cerca, se veía claramente además que de entre aquella multitud no pocos, es más, tal vez incluso la mayoría, ni gritaban ni lloraban, sino que estaban mudos, no sólo ahora, en aquel momento, sino desde hacía tiempo, y que seguirían así, mudos durante mucho más tiempo.


:: La noche del Morava de Peter Handke (2008).-

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