30.4.14

EMPEZAR


Para el sermón
Empezar con la escena del hospital, esas personas buenas y piadosas rezando junto a la cama de su ministro. La humildad de esas gentes, su fe resplandeciendo como luz a su alrededor, me provoca tal anhelo... de compartir su confianza.
Pero entonces me pregunto: ¿ha de ser ciega la fe? ¿Por qué ha de derivar de la «necesidad» de la gente de creer?
Todos nosotros somos tan dignos de lástima en nuestro deseo de librarnos de nuestras cargas que abrazaremos el cristianismo o cualquier otra afirmación de la autoridad de Dios. Mira a tu alrededor. La autoridad de Dios nos reduce a todos, estemos donde estemos en el mundo, sea cual sea nuestra tradición, a una sumisión implorante.
¿Dónde hay que hallar la verdad, entonces? El ecumenismo es políticamente correcto, pero ¿cuál es el caso? Si la fe es válida en todas sus formas, ¿sólo hacemos una elección estética cuando elegimos a Jesús? Y si dices «No, claro que no», entonces hemos de preguntarnos: ¿quiénes son los benditos elegidos que recorren el auténtico camino hacia la salvación... y quiénes son los descarriados? ¿Podemos saberlo? ¿Lo sabemos? Pensamos que lo sabemos… claro que pensamos que lo sabemos. Pero ¿cómo distinguimos nuestra verdad de la falsedad de otro, nosotros los de la fe verdadera, excepto por la narración que más nos gusta? Nuestra narración de Dios. Pero amigos míos, yo os pregunto: ¿es Dios un relato? ¿Podemos, cada uno de nosotros, examinar nuestra fe —me refiero a su puro centro, no a sus consuelos, sus costumbres, sus sacramentos rituales—, y podemos seguir creyendo en el centro de nuestra fe que Dios es nuestra fábula de él? ¿Podemos seguir suponiendo que contenemos a Dios en nuestra narración cristiana, que Lo circunscribimos, que Lo retenemos, al autor de todo lo que podemos concebir y de todo lo que no podemos concebir... en «nuestra» narración de «El»? ¿De «Ella»? ¿DE QUIÉN? ¡De qué, en el nombre de Cristo, creemos estar hablando!

:: City of God de E. L. Doctorow (2000).-

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