4.11.13

LOS HÁBITOS


Sus revistas de fans estaban apiladas en el armario. Había una imagen de Jesús apoyada sobre el candelabro. Un pequeño espejo solía colgar sobre el lavabo, pero la hermana lo retiró porque le desconcertaba verse sin velo. Cabellos, cuello, hombros, el semblante desnudo: todas aquellas eran cosas que había dejado atrás al tomar los hábitos. La conmoción del cuerpo, revelada. La subsistencia individual, con el pelo rapado y los hombros huesudos. Una imagen contra la que resguardarse, más desnuda aún que las aulas vacías del verano.
Memorizaba las líneas y ensayaba los ritmos y las repeticiones. Deambulaba por el suelo, organizándose un sistema de gestos e inflexiones. El sexto curso le correspondía a ella, y quería asustar un poco a los niños. Era la monja que les había tocado aquel año, y les daba clase de ocho asignaturas distintas. Un profesor de dibujo acudía cada dos semanas y también un profesor de música, con su diapasón bucal y su perfume afrutado. Por lo demás, era cosa de la hermana.
Les ponía notas incluso en Higiene, dependiendo de los días que hubieran faltado o llegado tarde, y del número de veces que hubieran solicitado ir al cuarto de baño, y el grado de suciedad y roña que llevaran incrustadas bajo las uñas o en las grietas de las palmas de las manos.
Y quería enseñarles a tener miedo. Ése era el núcleo secreto de su enseñanza, y comenzaría con el poema, la profecía, la soledad y la muerte, y les haría estremecerse en sus zapatos recién estrenados para el colegio.
Deambulaba por el suelo de la celda y recorría los pasillos vacíos y memorizaba las líneas. Pronto, regresarían, con sus uniformes azules y blancos, sus cuadernos nuevos, sus plumas acabadas de llenar, las oscilantes mochilas asidas por sus suaves puños, y ella los dispondría a lo largo de los muros según su estatura y los sentaría en orden alfabético, inspeccionaría sus manos y sus uñas y les golpearía en las palmas con una regla cuando fuera necesario.
Sabrían quién era ella, y ella también lo sabría.
Y les recitaría el poema, encorvando el dedo en dirección a sus corazones. Se convertiría a la vez en el poema y en el cuervo, en el ave de perfil romano, surgiendo del fondo infinito del cielo y abalanzándose sobre ellos.-

:: Underworld de Don DeLillo (1997).-

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