14.10.13

EL PÁJARO QUE VUELA TIENE QUE SER SU PÁJARO


A Simone Jolivet

[…] Tengo que hacerle un reproche más grave: me escribe que está triste, y que mi libro la entristece. ¿Espera usted que me enternezca ante esta actitud interesante que se ha complacido en componer primero ante sus propios ojos y después ante los míos? En otro tiempo me sentía muy inclinado a estas pequeñas comedias, he estado triste por motivos generales, que son los suyos, he gemido por la mezquindad de los hombres o por mi soledad moral de incomprendido (!). Hoy detesto y des­precio a quienes, como usted, se procuran de vez en cuando una fugaz hora de tristeza. Lo que me quitó esa afición fue, sumán­dose a un estado de languidez corporal, la pequeña y vergonzosa comedia que uno mismo se interpreta. Se dicen sin creer en ellas cosas como: «A lo mejor resulta que no valgo nada», o bien «A lo mejor seré desdichada toda mi vida». Fascinante y vicioso pla­cer de imaginar una vida opaca mientras que uno se cree seguro de lo contrario. Estamos llenos de piedad por nosotros mismos. Somos incapaces de realizar un esfuerzo serio, por ejemplo tra­bajar. La tristeza acompaña a la molicie. Y además nos imponemos gestos de película: arrastramos el cuerpo con agobio, tomamos un objeto y lo dejamos caer pesadamente, por simular indiferencia; suspiramos de una cierta manera, usted lo sabe, alargando los labios como para pronunciar una i; sonreímos por momentos desdeñosa o melancólicamente; cada cinco minutos nos encogemos de hombros como si no tuviésemos tiempo que perder en estas bagatelas y fuésemos a expulsar la tristeza de nosotros: pero no se la expulsa. Se complace usted en ello hasta el extremo de escribirme, a mí que estoy a 500 km de distancia y que probablemente tenga un estado de ánimo distinto del suyo: «Estoy triste». También podría informárselo a las Bolsas Ex­tranjeras. Dicho estado de ánimo es realmente curioso. Presenta mil inconvenientes, y el más grave es el de embotar la sensibili­dad. Con que se haya librado unas cuantas veces a este juegue- cito, ya habrá perdido la facultad de sufrir, indispensable para su objetivo. Admita que esta facultad es como una cuerda tensa. Si tira de ella continuamente, se aflojará. Ahora bien, es indis­pensable sufrir al menos dos veces al año, y estar siempre dis­puesta a hacerlo. Esto cambia mucho los horizontes, profundiza el conocimiento de nosotros mismos y proporciona experiencia real (no esa experiencia abstracta que adquiere usted con su esclava . Pues bien, he conocido muchas personas melancólicas. La mayoría roídas por una tristeza interior, inmotivada, una tris­teza en el fondo divertida a la que no toman demasiado en serio; son prácticamente insensibles. Les suceden los peores desastres y los aceptan casi sin sentirlos. Es el peor grado de la decadencia. Tenga mucho cuidado con ella. Tenga cuidado también porque la tristeza acompaña a la imaginación, al ensueño, y de éste hay que desconfiar mucho. Recuerde lo que dijo Descartes: «Puedo decir con verdad que la principal regla que he observado siempre en mis estudios y que creo me ha sido más útil para adquirir algún conocimiento, fue la de no dedicar nunca sino muy pocas horas del día a los pensamientos que ocupan la imaginación, y muy pocas horas del año a los que ocupan el entendimiento solo, y de con­sagrar todo el resto de mi tiempo al relajamiento de los sentidos y reposo del espíritu, ocupándome con ello en imitar a quienes al contemplar el verdor de un bosque o el vuelo de un pájaro, se persuaden de no estar pensando en nada». Aplíquese usted a esto, con la restricción de que el pájaro que vuela tiene que ser su pájaro, el bosque su bosque, y para ello es preciso no sentirlo sino transformarlo ligeramente. ¿Fórmula nebulosa, dirá usted? Le explicaré todo esto. Pero primero inténtelo sin mí. Volviendo a la tristeza, no hay nada en el mundo sobre lo que la voluntad pueda más. Si en su noche de melancolía se viese usted forzada a aserrar madera, aquélla habría desaparecido a los 5 minutos. Asérrela, moralmente, se entiende. Enderece su cuerpo, acabe con la comedia, ocúpese, escriba: es el gran remedio para un tem­peramento literario como el suyo, prosiga su novela, mude su tristeza, transfórmela en emoción en lo que escriba. Los resul­tados serán buenos. No arguya que la melancolía es propia de su siglo: después de todo, usted vive en el nuestro. Cuídese de que su inocente manía del siglo XIX no la transforme en alguien inadaptado, en alguien frustrado poco a poco. Esté siempre contenta. Si algún día sufre de verdad, dígamelo.-

:: Lettres au Castor, correspondencia  Jean-Paul Sartre - Simone de Beauvoir .- 

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