24.2.13

CORTARÍA DE SU NALGA




Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne. Todo el mundo se alarmó y se hicieron comentarios más o menos amargos y hasta se esbozaron ciertos propósitos de venganza. Pero, como siempre sucede, las protestas no pa­saron de meras amenazas y pronto se vio a aquel afligido pueblo engullendo los más variados vegetales.
Sólo que el señor Ansaldo no siguió la orden general. Con gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de co­cina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodi­llas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete. Tras ha­berlo limpiado lo adobó con sal y vinagre, lo pasó —como se dice— por la parrilla, para finalmente freírlo en la gran sar­tén de las tortillas del domingo. Sentóse a la mesa y comenzó a saborear su hermoso filete. Entonces llamaron a la puerta; era el vecino que venía a desahogarse... Pero Ansaldo, con ele­gante ademán, le hizo ver el hermoso filete. El vecino pre­guntó y Ansaldo se limitó a mostrar su nalga izquierda. Todo quedaba explicado. A su vez, el vecino deslumbrado y con­movido salió sin decir palabra para volver al poco rato con el alcalde del pueblo. Éste expresó a Ansaldo su vivo deseo de que su amado pueblo se alimentara, como lo hacía Ansaldo, de sus propias reservas, es decir de su propia carne, de la res­pectiva carne de cada uno. Pronto quedó acordada la cosa y después de las efusiones propias de gente bien educada, An­saldo se trasladó a la plaza principal del pueblo para ofrecer, según su frase característica, «una demostración práctica a las masas».        
Una vez allí hizo saber que cada persona cortaría de su nal­ga izquierda dos filetes, en todo iguales a una muestra en yeso encamado que colgaba de un reluciente alambre. Y declaraba que dos filetes y no uno, pues si él había cortado de su propia nalga izquierda un hermoso filete, justo era que la cosa mar­chase a compás, esto es, que nadie engullera un filete me­nos. Una vez fijados estos puntos, diose cada uno a rebanar dos filetes de su respectiva nalga izquierda. Era un glorioso espectáculo, pero se ruega no enviar descripciones. Por lo de­más, se hicieron cálculos acerca de cuánto tiempo gozaría el pueblo de los beneficios de la carne. Un distinguido anató­mico predijo que sobre un peso de cien libras, y descontando vísceras y demás órganos no ingestibles, un individuo podía comer carne durante ciento cuarenta días a razón de media li­bra por día. Por lo demás, era un cálculo ilusorio. Y lo que im­portaba era que cada uno pudiese ingerir su hermoso filete.
Pronto se vio a señoras que hablaban de las ventajas que re­portaba la idea del señor Ansaldo. Por ejemplo, las que ya ha­bían devorado sus senos no se veían obligadas a cubrir de te­las su caja torácica, y sus vestidos concluían poco más arriba del ombligo. Y algunas, no todas, no hablaban ya, pues ha­bían engullido su lengua, que, dicho sea de paso, es un manjar de monarcas. En la calle tenían lugar las más deliciosas es­cenas: así, dos señoras que hacía muchísimo tiempo no se veían no pudieron besarse; habían usado sus labios en la confección de unas frituras de gran éxito. Y el Alcaide del pe­nal no pudo firmar la sentencia de muerte de un condenado porque se había comido las yemas de los dedos19, que, según los buenos gourmets (y el Alcaide lo era), ha dado origen a esa frase tan llevada y traída de «chuparse la yema de los dedos».
Hubo hasta pequeñas sublevaciones. El sindicato de obre­ros de ajustadores femeninos elevó su más formal protesta ante la autoridad correspondiente, y ésta contestó que no era posible slogan alguno para animar a las señoras a usarlos de nuevo. Pero eran sublevaciones inocentes que no interrum­pían de ningún modo la consumición, por parte del pueblo, de su propia carne.
Uno de los sucesos más pintorescos de aquella agradable jornada fue la disección del último pedazo de carne del baila­rín del pueblo. Éste, por respeto a su arte, había dejado para lo último los bellos dedos de sus pies. Sus convecinos ad­virtieron que desde hacía varios días se mostraba vivamente inquieto. Ya sólo le quedaba la parte carnosa del dedo gordo. Entonces invitó a sus amigos a presenciar la operación. En medio de un sanguinolento silencio cortó su porción postre­ra, y sin pasarla por el fuego la dejó caer en el hueco de lo que había sido en otro tiempo su hermosa boca. Entonces to­dos los presentes se pusieron repentinamente serios.
Pero se iba viviendo, y era lo importante. ¿Y si acaso...? ¿Sería por eso que las zapatillas del bailarín se encontraban­ ahora en una de las salas del Museo de los Recuerdos Ilustres? Sólo se sabe que uno de los hombres más obesos del pueblo (pesaba doscientos kilos) gastó toda su reserva de carne dis­ponible en el breve espacio de quince días (era extremada­mente goloso, y, por otra parte, su organismo exigía grandes cantidades). Después ya nadie pudo verlo jamás. Evidentemente  se ocultaba... Pero no sólo se ocultaba él, sino que otros muchos comenzaban a adoptar idéntico comportamiento. De esta suerte, una mañana, la señora Orfila, al preguntar a su hijo —que se devoraba el lóbulo izquierdo de la oreja— dónde había guardado no sé qué cosa, no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron súplicas ni amenazas. Llama­do el perito en desaparecidos sólo pudo dar con un breve montón de excrementos en el sitio donde la señora Orfila ju­raba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el mo­mento de ser interrogado por ella. Pero estas ligeras alteracio­nes no minaban en absoluto la alegría de aquellos habitantes  ¿De qué podría quejarse un pueblo que tenía asegurada su subsistencia? El grave problema de orden público creado por la falta de carne, ¿no había quedado definitivamente zanjado? Que la población fuera ocultándose progresivamente nada tenía que ver con el aspecto central de la cosa y sólo era un colofón que no alteraba en modo alguno la firme voluntad de aquella gente de procurarse el precioso alimento. ¿Era, por ventura, dicho colofón el precio que exigía la carne de cada uno? Pero sería miserable hacer más preguntas inoportunas y aquel prudente pueblo estaba muy bien alimentado.-

:: La carne de Virgilio Piñera (1944).-
:: Detalle de Le Combat de Carnaval et Carême de Pieter Brueghel (1559).-

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