11.2.13

LA CINTA



Aquí está, en efecto. Le disparan, a la cabeza, y la cámara reacciona, la niña reacciona: se produce un movimiento sobresaltado, pero sigue filmando, se produce una reacción simpática, una reacción nerviosa, su corazón late más deprisa, pero mantiene la cámara apuntada hacia el personaje  mientras éste se desliza sobre la puerta e incluso mientras le ves morir estás pensando en la niña. La niña tiene que estar presente ahí a algún nivel, contemplando lo que tú contemplas, desprevenida: la niña viendo aquello en frío, y no puedes por menos de maravillarte ante el hecho de que siga rodando.               
Muestra algo espantoso y desprovisto de acompañamiento. Quieres que tu mujer lo vea porque esta vez es real, no la violencia de diseño de las películas: es la realidad bajo las capas de percepción cosmética. Date prisa Janet, aquí viene. Muere tan rápido. No hay acompañamiento de ningún tipo. Resulta sumamente descarnado. Querrías decirle que es más real que lo real pero entonces ella te preguntaría qué significa eso.
El modo en que la cámara reacciona ante el disparo: una reacción sobresaltada que arroja compasión y terror sobre la imagen, la impresión de la propia niña, la identificación de la niña con la víctima.
No ves la sangre, que probablemente manará en un hilo tras su oreja para deslizarse por la nuca. El modo en que su cabeza se tuerce apartándose de la puerta, ese giro de la cabeza tan sólo te proporciona un perfil parcial y además por el costado que no es, no es el costado en el que le han dado.
Y  a lo mejor te estás mostrando ahora un poco agresivo, forzando prácticamente a tu mujer para que mire. ¿Por qué? ¿Qué le estás diciendo? ¿Estás manifestando una modesta afirmación? Como: voy a echarte a perder el día por mala uva normal y corriente. ¿O una gran afirmación? Como: he aquí los riesgos de existir. De un modo u otro, le estás restregando la cinta por la cara y no sabes por qué.
Muestra el coche desviándose hacia la mediana y entonces vemos una agitada impresión de los otros dos carriles y de parte de otro automóvil, una borrosa fracción de segundo y la cinta concluye ahí, bien porque la niña dejó de rodar, bien porque alguna autoridad general, la policía o el fiscal del distrito o la estación de televisión han decidido que ya no hay más que ver.
Éste es el décimo o undécimo homicidio cometido por el Asesino de la Autopista de Texas. La cifra no es segura debido a que la policía piensa que una de las muertes pudo deberse a un imitador.
¿Y hay algo especial en los vídeos, verdad, y en esta clase en particular de crímenes en serie? Se trata de un crimen diseñado para ser grabado al azar y visto de inmediato. Te quedas ahí sentado preguntándote si esta clase de crímenes no se hicieron más factibles cuando los medios necesarios para grabar un acontecimiento y reproducirlo de inmediato, sin un intervalo neutral, sin un espacio y un tiempo equilibradores, se convirtieron en algo ampliamente disponible. La grabación y la reproducción intensifican y comprimen el suceso. Te tientan con la necesidad de hacerlo de nuevo. Te quedas ahí sentado pensando que el asesino en serie ha hallado su medio o viceversa: un acto de tecnología sombría, de tiempo comprimido e imágenes repetidas, desnudas y deslumbrantes e intrascendentes.
Al final, lo cierto es que muestra muy poco. Es un asesinato célebre porque está grabado y porque el asesino lo ha hecho muchas veces y porque el crimen fue grabado por una criatura. Con lo que la niña se ve envuelta, la Videoniña como la llaman de vez en cuando porque tienen que llamarla de alguna manera. La cinta es famosa y ella también. Es famosa en ese sentido moderno de ciertas personas cuyos nombres se mantienen estratégicamente en secreto. Son famosos sin nombres ni rostros, criminales menores de edad, que andan por ahí, en algún lugar situado en los límites de la percepción.
Ver a alguien en el momento de su muerte, de una muerte inesperada. Es suficiente motivo como para mantenerse pegado a la pantalla. Resulta instructivo, contemplar cómo matan a tiros a un hombre mientras conduce bajo un día soleado. Demuestra una verdad elemental: que cada inspiración que realizas tiene dos conclusiones posibles. Y eso es otra cosa. Aquí se encierra un chiste, una nota cruel de garrote de marionetas que estás dispuesto a disfrutar por más que te haga sentir ligeramente culpable. Quizá la víctima es un idiota, una especie de bobalicón de cine mudo, el típico tipo con mala suerte. En cierto modo se lo estaba buscando por dejarse filmar con una cámara. Porque una vez que la cinta comienza a avanzar, sólo puede acabar de un modo. Es lo que requiere el contexto.
No quieres que Janet te venga con monsergas de que está puesta constantemente, que la emiten un millón de veces al día. La emiten porque existe, porque tienen que emitirla, porque ése es el motivo por el que andan por ahí, para asegurar nuestro entretenimiento.
Cuanto más ves la cinta, más muerta y más fría y más inexorable se vuelve. La cinta extrae el aire de tus pulmones, pero no dejas de verla.-

::  Underworld [Submundo] de Don DeLillo (1997).-
:: Fotografía de Margaret Bourke-White.-

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