19.1.13

LA DESPROPORCIÓN


Y ni siquiera parece un sueño. Parece un hecho, como el tubo de plástico de la birome que aprieta entre los dedos al escribir. Ese prisma hexagonal que termina en una bolilla mal entintada: ¿es un hecho?
Entre los dedos, como todo esto en su memoria. Por horas, el tubito va de izquierda a derecha, la punta sube, baja, tiembla, remolonea sobre el papel y va drenando un hilo azul sobre las líneas grises.
Lo ve moverse en el espejo, entre sus dedos amarillos, mientras oye su ruido insignificante. En algún punto del largo prisma estará el centro de rotación, ese punto invariable que permanece quieto mientras la punta recorre el círculo de una o o salta para trazar una línea sobre la letra t. Si persigue su imagen en el espejo, los movimientos de los dedos, la misma mano y los círculos y las rayitas interrumpidas parecen cada vez más artificiales, compuestos por una misma sustancia pastosa.
Pero sólo existen mientras son una sombra que pasa de derecha a izquierda tras el espejo. Si la mira, ve su mano, el papel, las letras invertidas, el cenicero, la foto de una mujer con la cara de ella, y todo le parece real mientras las letras se desordenan, las rayas se desencuentran, la mano se detiene y hasta el tiempo se detendría si no fuese por la señal de humo que viene desde los dedos de su derecha y no aparece en el espejo.
La mano, el cigarrillo, toda esta torpe escenografía que no cabe ahí: ¿existen?
Tal vez. Pero no vale la pena describirlos: el hilito pegajoso de tinta puede volver sobre sí mismo mezclándose entre sus rayas y sus círculos y anular todo.
Tachar, intercalar, repetir lo sabido y subrayarlo temiendo que pronto se perderá, es como el ejercicio de recontar aquellos días que se aplastan contra el vidrio plano de la memoria.
Escribir todo hasta obtener una desproporción y trabajar sobre ella  tal como los pintores miopes o hipermétropes trabajaban a partir  de su perspectiva defectuosa del mundo: se lo propuso desde el comienzo, sin saber que más tarde descubriría su desproporción y que después, al recordarla, acabaría descubriendo la desproporción que era toda su vida.
Preferiría volver atrás, como el pintor de vista defectuosa que retrocede y entorna los ojos para soñar otra luz y así va corrigiendo la imagen según las pinceladas de su memoria, para explicarla, o para repetirla.-

:: En otro orden de cosas de Fogwill (2001).-
:: Óleo de Francis Bacon (1944).-


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