22.8.12

SORBE



Caminando torpemente entra un gran pájaro de aspecto estrafalario, plumas desparejas, patas voluminosas, una más ancha que la otra. Se detiene, mira hacia los costados. Pensativamente, se rasca la cabeza. Afligido, comienza a hablar con voz muy triste, a un interlocutor solidario, que es el público.

-No hay normales. Yo podría tener una esperanza, si hubiera normales. Podría seguir como siempre, posado en una ramita, balanceándome, mirando pasar las nubes... (Bruscamente, pega con la pata en el suelo. Mira) Una lombriz. (La aplasta cuidadosamente) Pero ya no. Me siento solo. Envejezco. Pierdo el pelo (hace un movimiento y vuelan unas plumas), tengo caspa, se me aflojan los dientes. ¡Pero es normal! Hubiera podido casarme, tener hijos. Hice vender la pajarera. Yo no entraba. Miraba desde afuera y los pajaritos dándose la gran vida: las cubeteras con agua, el alpiste. Sólo gastos. ¿Y qué pasó? ¿Aprovecharon la libertad, el cambio? ¿Se divirtieron? No. A la primera helada: resfríos, pulmonías. Panza arriba, patas duras. Los canarios primero. ¿Y si hubieran vivido en Ushuaia, en medio de la nieve? ¿O en el Polo? Vivir en el Polo es un problema, ¡esos son problemas!, no quedarse sin pajarera. (Pisa) Un ciempiés. (Mira, pisa rápidamente otra vez) Otro. Estos animalitos me preocupan. ¿Qué hacen con tantas patas? ¿Bailan, caminan más ligero, transportan algo? No. Nunca los vi llevar ni una bolsa en el lomo. Son egoístas. Sólo piensan en cómo arrastrarse con el mínimo esfuerzo. Los demás, que revienten. Una vez intenté ayudarlos -todavía los quería-, les arranqué las patas, noventa y ocho para que fueran normales, ¿y de qué me sirvió? ¡De nada! (Sorbe) Así me va. Ni agradecimiento tuve. ¡Nadie me quiere! Otro hubiera podido ser mi destino. Como un patriarca, rodeado de hijos. «¿Cómo estás, papá?». Un beso en la frente. (Sorbe) Y ella, cebándome mate (Suspira raudamente) ¿Y el palomar? Las palomas cagan todo. Lo hice vender. Está más limpio. Ni los árboles son normales. Pierden las hojas, ensucian el patio, y uno con la escoba, ¡con la escoba barriendo todo el día! Pasé un otoño de mierda. Saqué los árboles, vendí la leña. Había tanta que la vendí en un remate Fue un regalo, se aprovecharon de mí. ¡Qué sufrimiento! Inútiles. Las palomas. (Aplasta con la pata. Mira) Una chinche verde. Ni siquiera eran palomas mensajeras, llevando partes de guerra de aquí para allá, de allá para aquí. De las Malvinas a Buenos Aires, de Buenos Aires al Golfo Pérsico. Ahora está el télex, la fibra óptica. Se quedaron sin trabajo. Igual querían el palomar ¿Para qué? El palomar no producía y lo cagaban todo. Y aparte de esto, ¿qué hacían todo el día? Picoteaban basura, se alzaban con lombrices. (Ultrajado) Y lo otro, que todos sabemos. (Burdamente, imita el arrullo de las palomas) Delante de cualquiera. ¡Qué ejemplo para los chicos! Miraban y ¡cuac!, perdían la inocencia. No es normal. Un patriarca. Eso hubiera podido ser, con largas patillas. En cambio... Todos los pajaritos se han vuelto afeminados, caprichosos... haraganes.
(Ve volar algo, alarga la pata, la retrae como si se la picaran, la estira de nuevo, con éxito. Torpe, pero cuidadosamente, empuja lo que cazó bajo la pata) Abeja. (Aplasta y mira) Sí, abeja. Pican, tienen un aguijón. Quieren vivir ociosamente, no les gusta levantarse temprano, tomar el ómnibus. Prefieren quedarse calentitos entre las sábanas o en verano disfrutando del fresco en la puerta de calle. Sólo placeres. Sacrificios. No saben qué es un sacrificio. Yo les prometí una pajarera mejor, un palomar mejor. Siempre que fueran normales. No es mucho pedir. Pero ciegos y sordos. Van en bandada haciéndome manifestaciones. Pisotean la Plaza de Mayo, ¡graznan! (A punto de llorar) ¿Qué me importa? De un oído me entra y del otro me sale. Soy normal. En cambio, ellos... (Aplasta con la pata) Una oruga. Otro hubiera podido ser mi destino, yo posado en la ramita, mirando pasar las nubes, la brisa acariciándome la frente. Un patriarca, eso hubiera podido ser. Y ella, cebándome mate. ¡Qué tristeza! (Llora) No hay normales. Todos distintos. Todos dándose la gran vida: gorriones, palomas, abejas... ¡lombrices!... Envejezco. ¿Con quién formaré un hogar digno? No hay normales.
(Después de un momento, lanzando fuertes ¡cuac! de furia, pisa y pisa descontrolado con la pata).-

:: No hay normarles de Griselda Gambaro (1990).-

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