9.8.12

LA POSIBILIDAD


Como a vos anotar, a él lo que más lo calentaba era hacer esas cosas: cambiar, juntar, hacer que agrandaran los lugares y mandar.

–Yo, anotar, no... a mí, ¡saber! -dijo mi voz grabada en el casete.

–Bueno, como a vos anotar y saber, a él lo calentaba hacer esas cosas. Al comienzo, a nadie se le hubiera ocurrido juntar tanto carbón, tanto paño de carpa, mantas, raciones, ropa vieja. Ni a Viterbo, el otro Viterbo, el que empezó, ni al Sargento, ni a mí ni al Ingeniero se nos hubiese cruzado la idea de juntar tantas cosas y tan lejos del pueblo. A él sí. Él precisó juntar. O primero necesitó la guerra y la posibilidad de mandar, para que le naciera aquella idea de juntar y cambiar. Si hasta a los que lo conocíamos desde antes nos llamó la atención: antes de mandar, antes de pelear, nunca le habían salido aquellas ganas.
Es que el miedo suelta el instinto que cada uno lleva dentro, y así como algunos con el miedo se vuelven más forros que antes, porque Ies sale el dormido de adentro, a él le despertó el árabe de adentro: ese instinto de amontonar las cosas y de cambiar y de mandar.
Solo no. Solo no hubiera podido ni se le hubiera ocurrido hacer como hizo. Solo hubiera ido con la corriente y hubiera terminado como los otros, helado, o muerto de frío en una trinchera mal dibujada. Pero el miedo, los otros y la ocasión de mandar lo convirtieron y le hicieron salir el árabe. Y el que lo veía mandando, cambiando y almacenando cosas ni pensaba que atrás de todo eso estaba el miedo. Pero es el miedo el que está atrás mandándote, cambiándote.

:: Los pichiciegos de Fogwill (1983).-

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