29.7.12

PERFILES ADIVINADOS


Como el silencio de la ruta.
A un paso de la ruta, Susi fuma. Pita con fuerza el Jockey Suave que encontró en el bolsillo alto de su campera de jean, apostando a que el calor de la brasa entibie sus manos, la boca, el pecho, y hasta el mismo aire de la casilla.
Y que lo llene de algún sonido, una voz, una música o algo que haga más tolerable la espera.
Pero no: así como cruzando el bosque y acercándose al costado de la ruta donde están las casillas, el frío de la noche no desciende, y, al revés, se percibe más, quizás por el contraste con la promesa de aire tibio que viene de las ciudades, también el silencio del bosque, el silencio que envuelve el triángulo de tierras que la gente de Piero llamaba El Barrio, y los del Pichi llaman ahora El Campo, se siente más cuanto más cerca estás del borde de la ruta.
Tal vez porque es más alta la barranca y hay menos bosque que repare del viento haciéndolo sonar entre las hojas de los álamos. O por esas ráfagas de ruido y luz que permanentemente trazan los autos y los ómnibus.
Viene la luz creciendo y el ruido va creciendo a la par. Revienta la luz como un flash que por un instante te enceguece, y ahí mismo la reemplazan las lucecitas rojas que van empequeñeciéndose mientras el ruido se desvanece para pronto desaparecer y dejar toda la zona de los alrededores de la ruta bajo una cúpula de oscuridad y de silencio mucho más densa que la de cuando todo comenzó.
Susi dejó avisado al Pichi y a Mariana que los esperaría allí, en la casilla del borde de la ruta. No había garrafas. No podía esperar más en el frío del galpón.
Ahora, pitando el final de ese último cigarrillo, medio se arrepiente: creía que a un paso de la ruta las luces de los ómnibus y los perfiles adivinados de tantos pasajeros que llegan y desaparecen a más de cien kilómetros por hora, el silencio y el frío se harían más tolerables. Pero no: aquí es peor, piensa y trata de calcular por qué es posible que sea peor allí. Piensa algo que trae la sensación de que está a punto de adivinarlo cuando la mano derecha sube automáticamente a la cintura y sus dedos recorren el cinturón del jean buscando algo mientras se dice, sin hablar, pero oyendo su voz como si hablara contra el rincón de unas paredes de cemento, que no tendría que haberle prestado el Walkman a Mariana.
—No tendría que haberle dejado el Walkman a Mariana... — repite, esta vez sí moviendo los labios y dejando pasar entre ellos un poco de aliento que los entibia.
¡Si hubiera luz!, piensa. Pero tienen cortada la luz del galpón, y también la han cortado en las casas del barrio de policía, en la villa y en la casillas del borde de la ruta.-

:: Vivir afuera de Fogwill (1998).-

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