13.7.12

EL PUENTE QUE CRUZABA



Un joven atravesando un puente es lo primero que recuerdo haber visto con mis propios ojos. Tenía un mostacho rizado y un aspecto de seguridad que rayaba en la jactancia. Llevaba en la mano una llave metálica amarillo brillante desproporcionadamente grande y, en la cabeza, una gran corona de oro o dorada. El puente que cruzaba se extendía desde el borde de un peligroso precipicio al pie de unas montañas, cuyas cumbres se alzaban majestuosas en la distancia, hasta lo más alto de la torre de un castillo con demasiadas almenas. La torre del castillo tenía una ventana por la que asomaba una dama joven. No recuerdo en absoluto su aspecto, pero me batiré con cualquiera que niegue su extraordinaria belleza.
A los que puedan objetar que la escena resulta rara en la vida familiar de unos agentes de la propiedad que, a finales de la década de 1870, vivían justo al norte de Kensington High Street, no me quedará más remedio que confesarles no que la escena sea irreal, sino que la vi desde una ventana más maravillosa que la de la torre: en el escenario de un teatro de juguete construido por mi padre; y si realmente me dan la lata con detalles tan nimios, les diré que el joven de la corona medía unas seis pulgadas y que, tras cuidadosa inspección, resultó ser de cartón. Pero es rigurosamente cierto que es lo primero que recuerdo haber visto; y que, en lo que a mi memoria se refiere, esa fue la primera imagen de este mundo en la que mis ojos se posaron. La imagen tiene para mí una especie de autenticidad primigenia imposible de describir; es como el telón de fondo de mis pensamientos, como las mismísimas bambalinas del teatro de las cosas. No tengo ni el más leve recuerdo de lo que el joven hacía en el puente, ni de lo que se proponía hacer con la llave, aunque un conocimiento posterior y más complicado de la literatura y las leyendas me da a entender que no era improbable que fuera a liberar a la dama de su cautividad. No deja de ser un detalle psicológico divertido que, aunque no pueda recordar otros personajes de la historia, sí recuerde el haberme dado cuenta de que el caballero con la corona llevaba bigote, pero no barba, con la vaga inferencia de que había otro caballero coronado que también llevaba barba. Imagino que podemos deducir sin riesgo que el de la barba era un rey malvado y no se necesitan más pruebas para acusarle de haber encerrado a la dama en la torre. Todo el resto ha desaparecido: escenas, tema, historia, personajes; pero esa escena relumbra en mi memoria como una visión fugaz de un inefable paraíso, y me imagino que la recordaré incluso cuando todos los demás recuerdos hayan desaparecido de mi mente.-

::  Autobiografía de G. K. Chesterton (1936).-
:: Torres de Satélite de Luis Barragán en México D.F. (1958).-

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