14.5.12

EL AMOR DE UNA RATA


Hay un considerable número de pruebas que demuestran el hecho ciertamente sorprendente de que la Biblioteca del Museo Británico, además de sus múltiples servicios, desempeña muchas de las funciones de un manicomio privado. Hombres y mujeres, que en una época menos humana habrían estado aullando en Bedlam sobre un montón de paja [1], van y vienen silenciosamente por ese vasto palacio del conocimiento, saquean una sabiduría secular y son atendidos por los funcionarios del Estado. Se dice que no es raro que las familias que tienen un loco inofensivo a su cargo lo envíen a la Biblioteca del Museo Británico para que se entretenga con dinastías y filosofías, igual que un niño enfermo juega con sus soldaditos. Sea cierto o no, la verdad es que este templo colosal de los pasatiempos tiene todo el aire de contener muchas tragedias, porque, sin duda, con frecuencia una afición implica una tragedia.



Ahí van los amores que se marchitan,
los viejos amores de alas fatigadas;
y las cosas muertas hasta allí arrastradas,
y todo lo desastroso [2].



En esa biblioteca pueden verse personajes tan extraños y deshumanizados que podrían haber nacido y muerto en la Biblioteca sin ver la luz del sol. Parecen un pueblo fabuloso y subterráneo, los gnomos de las minas del conocimiento. Pero sería apresurado e irracional decir que todo eso equivale a la locura. El amor de una rata de biblioteca por los viejos folios mohosos podría, con facilidad, ser más cuerdo que el amor de muchos poetas por el sol y el mar. El inexplicable apego de algún viejo profesor por un raído sombrero viejo puede ser un sentimiento vital mucho menos enfermizo que el antojo de alguna frívola dama de la sociedad por un vestido de Worth’s. Se olvida con demasiada frecuencia que los convencionalismos pueden ser tan morbosos como los anticonvencionalismos. Por supuesto, no hay una definición absoluta de la locura, excepto la definición que todos aceptaríamos de que la locura es un comportamiento excéntrico por parte de otra persona. Sin duda, es una exageración absurda decir que todos estamos locos, pero lo cierto es que ninguno de nosotros está totalmente cuerdo, igual que no hay ninguno de nosotros que esté totalmente sano. Si apareciera en el mundo una persona totalmente sana sin duda habría que encerrarla. La terrible simplicidad con la que pasaría por alto nuestros triviales achaques, nuestras amargas vanidades y nuestra maliciosa suficiencia; la elefantiásica inocencia con la que ignoraría nuestras ficciones de civilización, lo convertirían en algo más desolador e inescrutable que el rayo o un animal de presa. Es posible que los grandes profetas que la humanidad tomó por locos en realidad fueran presa de una impotente cordura.



1. Denominación popular del Bethlem Royal Hospital de Londres, la primera institución inglesa creada para el cuidado y confinamiento de los enfermos mentales.

2.  Los versos proceden del poema «El jardín de Proserpina», del poeta romántico inglés Algernon Charles Swinburne (1837-1909).

:: Lunacy and Letters [La locura y las letras] de C. K. Chesterton (publicado en 1958).-

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