10.1.12

EN TODAS MIS VENAS


Es la prueba de su poder, de su estado de gracia, 
la carne es sin duda la prueba de toda certidumbre.


Harcamone “se me aparecía”. Sabía que era hora del paseo porque tendió espontáneamente las muñecas, en las que el guardia colocó la breve cadena. Harcamone dejó caer los brazos y la cadena quedó colgando delante y más abajo de la cintura. Salió de la celda. Igual que los girasoles hacia el sol, así volvió la cara hacia nosotros y giró su cuerpo, sin que nos diéramos cuenta de que alteraba nuestra inmovilidad; y cuando se acercó a pasitos como los de las mujeres de 1910, que llevaba la falda trabada, o como él cuando bailaba la java, sentimos la tentación de arrodillarnos o, cuanto menos, de taparnos los ojos con nuestras manos, por pudor. No llevaba cinturón. No llevaba medias; de su cabeza salía un ruido de motor de avión –o era de la mía–. Notaba en todas las venas que había comenzado el milagro. Pero el fervor de nuestra admiración, sumado a la carga de santidad con que iba a gravada la cadena que ceñía sus muñecas –al pelo le había dado tiempo a crecer y los rizos se le enredaban en la frente con la elaborada crueldad del trenzado de la corona de espinas–, hicieron que esa corona se convirtiese ante nuestros ojos apenas extrañados en una guirnalda de rosas blancas. La transformación empezó en la muñeca izquierda, que rodeó con una pulsera de flores, y siguió por toda la cadena, de eslabón en eslabón, hasta la muñeca derecha. Harcamone seguía caminando, indiferente al prodigio. Los guardias no veían nada anómalo. Yo tenía en la  mano en ese instante las tijeras con la que todos los meses nos permiten, por turno, cortarnos las uñas. Estaba descalzo. El mismo ademán de los fieles fanáticos para agarrar el faldón del abrigo y besarlo: ése fue el que hice. Avance dos pasos, con el cuerpo hacia adelante inclinado y las tijeras en la mano, y corté la mejor rosa, que pendía de un tallo flexible, muy cerca de la muñeca izquierda. La cabeza de la rosa cayó en mi pie descalzo y rodó por el empedrado, entre los rizos cortados y sucios. La recogí y alcé el rostro, extasiado, con presteza suficiente para ver pintado el espanto en el de Harcamone, cuyo estado de nervios no había podido soportar esa prefiguración tan certera de su muerte. Estuvo a punto de desmayarse. Durante un brevísimo instante, hinqué la rodilla en el piso ante mi ídolo, que temblaba de espanto, o de vergüenza, o de amor, mientras me miraba como si me hubiera reconocido, o sólo como si Harcamone hubiera reconocido a Genet y fuera yo la causa de su atroz alteración, ya que habíamos hecho ambos exactamente los gestos que podían interpretarse de esa forma. Estaba mortalmente pálido, y quienes vieron la escena de lejos pudieron pensar que aquel asesino tenía la fragilidad  de un duque de Guisa o de un o de un caballero de Lorena, de los que habla la Historia que desfallecían y daban con su cuerpo en tierra por el aroma y la visión de una rosa. Pero se recobró. La calma –por la que cruzaba una leve sonrisa- le tornó al rostro. Siguió andando con esa cojera que volveré a mencionar, y atenuaba la trabazón de los tobillos; pero la cadena que la ataba las manos tras perder la apariencia de guirnalda, no era ya sino una cadena de acero. Lo perdí de vista; se lo tragaron la oscuridad y el recodo del pasillo. Me metí la rosa en el bolsillo falso que tenía en el pantalón.-

:: Miracle de la rose [Milagro de la rosa] de Jean Genet (1946).-


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