19.9.11

OTRO LADO DEL AGUA


Sostuvieron el cielo suspendido de sus hombros:
Porque ellos resistieron, resisten los cimientos de la tierra.-
HOUSMAN

Él se encontraba de este lado de la masa de agua gris, en la que algún claro de cielo pondría reflejos cambiantes, pero que, sin embargo, curiosamente, no parecía reflejar la luz tamizada de un sol que hubiera podido suponerse suspendido en altura, encima del paisaje, sino hacer surgir aquella luz irisada, hacerla brotar más bien de su misma profundidad, como si bajo la superficie lisa, aparentemente dormida, del agua, una fuerza oscuramente luminosa corroyera subrepticiamente la grisura del canal, y también la de las piedras mal trabadas, musgosas, de los malecones, de la fachadas ciegas, como un acantilado abrupto, ocre, azulado, sobre las aguas muertas –al menos a primera vista–, horadado tan sólo por el hecho hueco, devorado por la luz, de un arco de puente sobre el canal lateral, y también por aquéllos igualmente abiertos, pero de una opacidad perceptible, de algunos portones macizos, hondos, que daban a los desembarcos, por los cuales quizá alguna vez, otro día poblado de movimientos, mercancías habían sido llevadas desde pesadas barcazas hasta las salas sombrías y abovedadas de los mercados, flanqueados por torres; pero hoy las barcazas parecían abandonadas, inútilmente amarradas allí, podría creerse, fundidas en cierto modo con la línea quebrada del paisaje urbano, como si su armazón, corroída por la sal, el légamo, las algas, los excrementos, no fuese más que una materia intermedia entre el agua estancada y la piedra lustrosa, madera como muerta tal vez abandonada al curso de un agua muerta, excrecencias putrefactas de la misma piedra, destacando ciertamente, por su presencia peredera y pasajera, la dura eternidad de esa ciudad que se erguía al otro lado del agua.-

* * *
Il se trouverait de ce côté-ci de l'étendue d’eau grise, où quelque éclaircie du ciel posait des reflets moirés, mais qui ne semblait pourtant pas, curieusement, réfléchir la lumière voilée d’un soleil qu’on pourrait supposer suspendu quelque part, au-dessus du paysage, mais bien la faire jaillir, cette lumière irisée, la faire sourdre plutôt de sa profondeur même, comme si sous la surface plate, apparemment dormante, de l’eau, une force obscurément lumineuse rongeât subreptice­ment la grisaille du canal, et celle aussi des pierres disjointes, moussues, des quais, des façades aveugles, comme une falaise abrupte, ocre et bleutée, sur les eaux mortes — tout au moins au premier regard — trouée simplement par l’ouverture béante, dévorée de clarté, d’une arcade de pont sur un canal latéral, et par celles, également béantes, mais d’une opacité percep­tible, de quelques portails massifs, profonds, sur les débar­cadères, par lesquels, peut-être, parfois, un autre jour peuplé de mouvements, des marchandises avaient été transportées des lourdes barges jusqu’aux salles sombres et voûtées des halles commerciales, flanquées de tours; mais aujourd’hui, les barges semblaient abandonnées, inutilement amarrées là, pourrait-on croire, fondues en quelque sorte dans la ligne brisée du pay­sage urbain, comme si leur charpente travaillée par le sel, la vase, les algues, les fientes, n’était plus qu’une matière intermédiaire entre l’eau croupie et la pierre patinée, bois mort peut-être au fil d’une eau morte, excroissances pourris­santes de la pierre elle-même, soulignant certainement, par leur périssable et passagère présence, la dure éternité de cette ville dressée de l’autre côté de l’eau.-


:: La segunda muerte de Ramón Mercader de Jorge Semprún (1969).-
:: Steps, Washington, D.C. de Margaret Bourke-White (1935).-

No hay comentarios: