19.7.11

BAJO LA LUNA



MUJER 1ª. —¡Fue Antígona Vélez!
HOMBRE 1º. —¡Y se ha perdido!
DON FACUNDO. (A Antígona.) —Mujer, ¿sabías cuál era mi voluntad?
ANTÍGONA. —Yo seguí otra voluntad anoche.
DON FACUNDO. —¡En esta pampa no hay otra voluntad que la mía!
ANTÍGONA. —La que yo seguí habló más fuerte. Y está por encima de todas las pampas.
LISANDRO.(Consternado.) —¡Antígona! ¡Sola y de noche! ¡Y con la furia del sur alrededor!
ANTÍGONA. (Dirá su relato con absoluta naturalidad.) —Se levantaba la luna. Los perros me acompañaron hasta la Puerta Grande.
MUJERES. —¡Tu alma sola!
HOMBRES. —¡Y el miedo afuera!
MUJERES. —¿Qué alma tuviste?
ANTÍGONA. —Mi alma no la sentía en mí: estaba fuera, junto al Otro, en el barro. Se me había ido, y salí a buscarla. En la Puerta Grande los perros me lamían las manos.
HOMBRES. —¡Y afuera el desierto que vigilaba!
MUJERES. —¡Y la noche sobre todo!
ANTÍGONA. —Mi alma se había tendido en la noche, junto a la miseria de Ignacio Vélez, ¡y me llamaba! Entonces dejé la Puerta Grande y caminé bajo la luna.
MUJERES. —¿Quién te guiaba?
ANTÍGONA. —La única maldad que no dormía en la noche.
MUJERES. —¿Cuál?
ANTÍGONA. —Un hambre de pájaros que gritaba en la llanura, lejos y cerca. Y yo corría en la noche, y la luna se levantaba.
LISANDRO. —¡Ella sola, con una pala en el hombro y una cruz en las manos!
ANTÍGONA. —Cuando llegué al bajo, no descubrí a Ignacio Vélez. ¡Estaba tan amortajado!
MUJER 1ª. —¿Amortajado él?
HOMBRE 1º. —¿Dice que amortajado?
ANTÍGONA. —Sí, de alas oscuras. Era una mortaja gritona que lo cubría de pies a cabeza.
MUJERES.(Horrorizadas.) —¡Antígona!
HOMBRES. —¡Ella y su corazón de punta!
ANTÍGONA. —Entonces me acerqué, y se alborotaron las alas, y lo vi desnudo y roto bajo la luna. ¡Y grité!
HOMBRES. —¡Fue un solo grito!
ANTÍGONA. —Allá lo habían tirado, con la frente al norte y los pies al sur. Me arrodillé junto a su cabecera. Los pájaros gritaban en la noche, y su hambre tenía razón. Pero yo estaba de rodillas junto a la cabecera, y vi sus ojos y su boca, y no grité.
MUJERES. —¿No gritaste?
 ANTÍGONA. —Ya no podía. Sus ojos reventados eran dos pozos llenos de luna: miraban las estrellas y no las veían, por más que se abriesen en toda su rotura. Pero la boca de Ignacio Vélez reía: ¿ no le llamaban «el fiestero»? Ahora que no tenían labios, aquellos dientes reían mejor. Y por eso no grité.
MUJERES. —¡Ya no se podía gritar!
ANTÍGONA. —Ni se debía, mujer. Lo que yo pensé y quise fue ocultar esa risa y aquellos ojos que ya no tenían mirada: esconderlos abajo, muy hondo, antes de que saliera el sol y los viese. Y entonces cavé.

:: Fragmento del Cuadro tercero de Antígona Velez de Leopoldo Marechal.-
:: Pintura de Renata Schussheim.-

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