17.5.10

DIGO VACÍOS,



No sé si son sus rostros, los auténticos, los que salpican el muro de mi celda de un barro adiamantado, pero no ha podido ser por casualidad por lo que recortado de unas revistas estas hermosas cabezas de ojos vacíos. Digo vacíos pues todos son claros y deben ser azul celeste, semejante al filo de las cuchillas, donde se prende una estrella de luz trasparente, azules y vacios como las ventanas de los edificios en construcción, a través de las cuales se ve el cielo por las ventanas de la fachada opuesta. Como esos cuarteles por la mañana abiertos a los cuatro vientos, a los que se cree vacíos y puros cuando bullen de machos peligrosos, desplomados, revueltos en la cama. Digo vacíos, pero se cierran los párpados, se tornan más inquietantes para mí de lo que lo son, para la niña núbil que pasa, las claraboyas enrejadas de las inmensas cárceles tras las cuales duerme, sueña, juega, escupe un pueblo de asesinos, que hace de cada celda el nido silbante de un nudo de víboras, pero también algún confesionario de cortina de sarga polvorienta. No tiene estos ojos aparente misterio, como ciertas ciudades cerradas: Lyon, Zurich y me hipnotizan tanto como los teatros vacíos, las cárceles desiertas, las maquinarias en reposo, los desiertos, pues los desiertos están cercados y no comunican con el infinito. Los hombres de semejantes rostros me espantan cuando he de recorrerlos a tientas, pero ¡qué deslumbradora sorpresa cuando en su paisaje, al revolver una venilla abandonada, me acerco con el corazón arrebatado y no descubro nada, nada más que el vacío enhiesto, sensible, y orgulloso como un alta digital!

:: Notre-Dame-des-Fleurs de Jean Genet (1944)
:: Afiche de Andy Warhol(a) para Querelle de Reiner W. Fassbinder (1982).

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