6.2.08

AIRES QUE CORREN


Se suele desesperar, es a nuestro pesar inevitable. La impaciencia insistente fibrila cada contorno del ambiente, buscamos de cada molécula respirar –y solo con obtusa dificultad– es la velocidad lánguida del aire, su fondo rojo y resistente.
El rostro y sus facciones desvanecidas y vueltas a poner al borde de una boca ventrílocua, solidez en las gotas de saliva dócilmente dadas a jugar entre el paladar y hacia la hilera superior de los dientes en desalinea, la lengua muda –al gris– no encuentra ni manera ni palabra dicha, incluso posibilidad alguna de conjugar, de conjugar todo el rostro fuera de sí para emitir sonido.
Tornasolado de un cuerpo traslucido, sudoroso más terso, imputado de un impulso nervioso logra contraerse de una manera tal que infringe cada uno de sus campos: las tetillas maduran erigiéndose sobre el dominio de lucha en que ha devenido el pecho ralo, la taquicardia leve, la dificultad respiratoria doblando la apuesta tras la convulsión del torso desnudo.
Un cigarrillo que multiplicado por varios, apaga y enciende, ilumina la cara en la quietud del instante lumínico y se repiten uno tras los otros, apagándose y encendiéndose mutuamente, saliendo de la boca la ceniza dispersa platea la vista ausente.
La vida del espíritu encuentra manera de componerse en la exterioridad del humo: al fin de nuevo el aire rojo y la palabra que ahora se grita... en juerga desairada, el humo vence en sus voluptuosas formas y nubes, domina la lucha del ambiente abandonándose a una nueva especie de espera ardiente, otra manera de la paciencia necesaria.

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