21.11.07

SACERDOTES Y BURÓCRATAS


Allí está.
Análogo al soplo azul de un metáfora de sí mismo, cuando terciopelo un ala, él yace sido un ángel. Haber sido, bajo la tierra azufre de atmósfera, las veces de demonio.
Y la mesa, fija en la tensa figuración de la sala, dispuesta en torno de los grises resolviendo trajes y chalinas. Resuena el cuerpo, retoma el golpe, la fricción atiene el comienzo.
Al tiempo que, el terciopelo rojo donde pisamos, se genuflexa sobre él, virando el sesgo. Aprestado al habla -cometido hacia la sala- sobre el ala misma, duerme. Ni despiertos oyen, ese es el rol de las plegarias.
Recoge con su dedo, la tersa pluma, el pelaje todo; cada parte de este su ángelus, comunicando un centelleo las palabras hacen cosas; él recostado sobre el/su ala destella. La sombra de la luz, el margen brillante de un relámpago. Esclavos de la genuflexión y de este espacio, los sujetos de plegarias, la luz de un punto ciego… el extremo del ángel sigue recostándose allí donde el demonio. La crisálida de un pájaro ya muerto sin nacer o jamás volado. El fulgurar de las ceñidas crines. Así el hechizo cegador del plumaje, acrecentándose mina y destruye en azufre, dificultando el aire, la saliva escupida del sermón circula con la velocidad de dinero por entre las almas.

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